12 de septiembre del 2019 por Luis Figueroa
        

¿Y si hay caos y nada sale como planeamos?



Como muchos de mis coetáneos crecí en una cultura en la que los errores son fuentes de vergüenza; y no estoy hablando del error de extraer una muela en vez de otra, o del de calcular mal un puente y que este se caiga.  Estoy hablando del error de salirse de la línea cuando uno colorea un dibujo, del error de leer un texto, en vez de otro, o de tomar este camino, en vez de aquel. ¡Nada que cause daños a terceros!


Claro que no digo que aprender a no salirse de la línea sea una habilidad inservible, lo que digo es que no es lo mismo que te expliquen por qué es bueno desarrollar algo de motricidad fina y algo de sentido espacial, que te hagan sentir un inútil porque tu tomate rojo parece ketchup. 


Junto a la Biblioteca Ludwig von Mises, en la Universidad Francisco Marroquín, hay una frase del rector fundador, Manuel F. Ayau, que dice: Sólo un consejo se le puede dar a los jóvenes y es que no tengan miedo a equivocarse. Equivocarse es lo más natural y todos nos equivocamos.  Date cuenta que no dice: Un consejo se le puede dar a los jóvenes; sino que dice: Sólo un consejo….  Uno y sólo uno.  No uno entre tantos.  Y claro, es más fácil decirlo que hacerlo; en parte porque la cultura del error como algo inaceptable tiene mucho peso. Pero, también, porque ¿a quién no le gusta que sus resultados sean impecables al primer intento?  Todos nos equivocamos es, por cierto, el título del libro autobiográfico del dilecto Carlos Sabino.


Mi experiencia en la clase de Improvisación y en la clase de Oratoria Forense donde uso intensamente ejercicios de improvisación –pero también en otras clases donde desafortunadamente los uso menos– es que la lección más difícil de comprender es la de que los errores son obsequios, u oportunidades.  Como profesor he tenido que luchar con ella en mí mismo, y veo como los estudiantes tienen que batallar con ella, también.  Veo la frustración de no llegar a la expectativa, y la incapacidad de develar, en el error, la oportunidad de descubrir una nueva vía, de generar algo distinto, de explorar una idea, o sólo de serenarse y reirse frente a lo inesperado.  Tanto le tememos al error y al caos que nos privamos de aprender a bajar la velocidad, escuchar, observar, adaptarnos y responder.


Si comprender que los errores son obsequios, u oportunidades es una de mis lecciones favoritas de la práctica de la improvisación, ¿cuál es otra?  La de aprender a estar presente en el momento. ¿Para qué? Para escuchar en un nivel profundo, tratar de comprender las ideas de otros y ayudar a construir sobre ellas. ¡Que difícil es escapar a los distractores y a todo y a todos los que demandan nuestra atención!  Además, ¿quién no ha estado en un coloquio en el que en vez de un diálogo entre los participantes lo que ocurren son monólogos aislados?  ¿Quién no ha estado en una clase en la que pareciera que nadie escuchó lo dicho anteriormente por algún participante y lo único que la mayoría quiere es lucir sus intervenciones?  Estar presente en el momento es una habilidad muy útil para aprender a bajar la velocidad, escuchar, observar, adaptarnos y responder.


Ninguna de aquellas dos habilidades: comprender que los errores son obsequios, u oportunidades y estar presentes en el momento suele dársenos naturalmente.  Pero son cultivables y es posible practicarlas cada vez mejor.  Ya que como profesores también somos estudiantes, los ejercicios de improvisación son herramientas valiosas para mejorar la experiencia de aprender; y para adaptarnos y responder cuando las cosas no salen como queremos, o cuando se salen de control.  En la clase, y en la vida, ¡ah!, cuántas veces he querido dominar bien, bien aquellas habilidades.

Si recordamos al profesor que más huella nos dejó, es muy posible que le caracterizara una actitud humilde y respetuosa hacía sus estudiantes; mostraba empatía; confiara en las habilidades de sus estudiantes; tuviera altas expectativas puestas en ellos; mostrara un interés auténtico y una pasión por su disciplina; fuera accesible; y tuviera buen sentido de humor.

Ken Bain  “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”:

Luis Figueroa
Profesor
Centro Henry Hazlitt




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